Había una vez un niño de quince años que solía mirar un pincel con mucha ansiedad. Su mano temblaba descontroladamente cuando lo humedecía en la pintura y encaraba el lienzo; su corazón latía tan fuerte que bien podrían escucharlo los del otro lado de la puerta (como si les fuera a importar).
De todas formas, su habilidad superaba fantásticamente los efectos de la ansiedad. El pincel paseaba, danzaba, nadaba por el lienzo sin ninguna duda. Barría con vivos tonos marrones lo que parecía una alfombra amplísima, subiendo de vez en cuando por las patas de las sillas, las mesas y el diván, o por las escaleras móviles de la biblioteca. Los grises de las sombras y los haces de luz que el niño pintaba con soberbia destreza le daban realismo, más que vida, a la biblioteca de ensueño que estaba creando.
Admito que si a mí, a los quince años, me hubieran mostrado esa biblioteca, con esa ventana al verde parque infinito, los libros incontables que el pincel detallaba en las estanterías y la paz de sus sillas y el diván, lo habría dado todo por ir. No importaba que no tuviera puerta. Mejor. No había nadie que quisiera que entrara. Nadie que necesitara allí. Nadie sin quien yo no pudiera vivir.
Por eso entiendo que él haya entrado en el cuadro y no haya vuelto a salir.
Yo, en cambio, no era mago, y a los quince años nadie me mostró otro mundo. Nadie me rescató del mío, ni un genio en una lámpara, ni un extraterrestre, ni un personaje de un cuento. Yo, a la fuerza, me quedé en este mundo. Y cuando miro cómo estoy ahora y lo que he encontrado, lo que habría evitado sin más en la ignorancia y la soledad de los quince años, respiro profundo, tiemblo aterrorizado y sonrío con alivio.
osea q quien entró en el cuadro era ... ignorante?
ResponderEliminar¿Ignorante sobre lo que le pasaría en el futuro? Definitivamente, ¿quién no? (no respondas)...
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