Comentarios y sugerencias

lunes, 7 de junio de 2010

Oda a quien me espera

¡Oh! A cada momento pienso en cómo decirte con las palabras correctas que no hago nada más que ansiar nuestro encuentro, que cada vez que noto que se acerca el momento esperado me estremezco de felicidad. Cuando te veo allí, a lo lejos, esperándome como siempre en el mismo lugar, mis piernas se debilitan, y aún así no puedo hacer nada más que correr salvajemente con urgencia de impregnarme de ti, hasta poder sentir tu tacto suave y darme cuenta de que todo lo demás parece desaparecer.

Porque cuando estoy contigo, todo lo demás se desfigura hasta perder el poco sentido que pretende tener. Cuando estoy contigo, el tiempo se transforma en eternidad; y cuando no estoy contigo, el día se transforma en un intervalo cruel que traspaso no sin una dolorosa dificultad.

Quisiera que permaneciésemos abrazadas así, por siempre, con esa sonrisa inocente incrustada en mi rostro, con esa tranquilidad suave y paciente que siempre me muestras, con ese arrullo protector que me brindas, que me invita a dejar a mi conciencia tranquila como para que me abandone sin afligirse, que me hace pensar que el mundo real no existe, que es una mera fantasía de algún hombre loco que se ocupa de imaginarlo.

Pero, a veces, la luz de la mañana que se filtra por nuestra ventana me indica que el día llegó. A veces el tiempo interrumpe a la eternidad para decirle que ya es hora. A veces, adorada cama, la vida me llama.

Arte de Magia

Había una vez un niño de quince años que solía mirar un pincel con mucha ansiedad. Su mano temblaba descontroladamente cuando lo humedecía en la pintura y encaraba el lienzo; su corazón latía tan fuerte que bien podrían escucharlo los del otro lado de la puerta (como si les fuera a importar).

De todas formas, su habilidad superaba fantásticamente los efectos de la ansiedad. El pincel paseaba, danzaba, nadaba por el lienzo sin ninguna duda. Barría con vivos tonos marrones lo que parecía una alfombra amplísima, subiendo de vez en cuando por las patas de las sillas, las mesas y el diván, o por las escaleras móviles de la biblioteca. Los grises de las sombras y los haces de luz que el niño pintaba con soberbia destreza le daban realismo, más que vida, a la biblioteca de ensueño que estaba creando.

Admito que si a mí, a los quince años, me hubieran mostrado esa biblioteca, con esa ventana al verde parque infinito, los libros incontables que el pincel detallaba en las estanterías y la paz de sus sillas y el diván, lo habría dado todo por ir. No importaba que no tuviera puerta. Mejor. No había nadie que quisiera que entrara. Nadie que necesitara allí. Nadie sin quien yo no pudiera vivir.

Por eso entiendo que él haya entrado en el cuadro y no haya vuelto a salir.

Yo, en cambio, no era mago, y a los quince años nadie me mostró otro mundo. Nadie me rescató del mío, ni un genio en una lámpara, ni un extraterrestre, ni un personaje de un cuento. Yo, a la fuerza, me quedé en este mundo. Y cuando miro cómo estoy ahora y lo que he encontrado, lo que habría evitado sin más en la ignorancia y la soledad de los quince años, respiro profundo, tiemblo aterrorizado y sonrío con alivio.