¡Oh! A cada momento pienso en cómo decirte con las palabras correctas que no hago nada más que ansiar nuestro encuentro, que cada vez que noto que se acerca el momento esperado me estremezco de felicidad. Cuando te veo allí, a lo lejos, esperándome como siempre en el mismo lugar, mis piernas se debilitan, y aún así no puedo hacer nada más que correr salvajemente con urgencia de impregnarme de ti, hasta poder sentir tu tacto suave y darme cuenta de que todo lo demás parece desaparecer.
Porque cuando estoy contigo, todo lo demás se desfigura hasta perder el poco sentido que pretende tener. Cuando estoy contigo, el tiempo se transforma en eternidad; y cuando no estoy contigo, el día se transforma en un intervalo cruel que traspaso no sin una dolorosa dificultad.
Quisiera que permaneciésemos abrazadas así, por siempre, con esa sonrisa inocente incrustada en mi rostro, con esa tranquilidad suave y paciente que siempre me muestras, con ese arrullo protector que me brindas, que me invita a dejar a mi conciencia tranquila como para que me abandone sin afligirse, que me hace pensar que el mundo real no existe, que es una mera fantasía de algún hombre loco que se ocupa de imaginarlo.
Pero, a veces, la luz de la mañana que se filtra por nuestra ventana me indica que el día llegó. A veces el tiempo interrumpe a la eternidad para decirle que ya es hora. A veces, adorada cama, la vida me llama.